La maldición de la música de baile en Eurovisión

La música de baile y, en general, la canción popular, ha recibido a lo largo de la historia cierto desprecio por parte de la crítica especializada. A menudo ha sido considerada un género menor carente de calidad artística frente a otros estilos más, digamos, «serios».
Parte del público también ha comprado este relato, mirando por encima del hombro a quienes disfrutan de la música sin pretensiones, sin complejos, algo que puede ser absolutamente compatible con apreciar letras y melodías de mayor emotividad, profundidad o simbolismo. Cada cosa en su momento.
Esta percepción no es exclusiva de la música, pues tanto en el cine como en todas las artes escénicas, el drama siempre ha sido mucho mejor valorado por los entendidos que la comedia. Esto también ha repercutido en los premios y reconocimientos de cada disciplina, donde los artistas dramáticos suelen arrebatar los galardones a los cómicos. Como si hacer llorar fuera más difícil que hacer reir, cuando precisamente es todo lo contrario.
Este prejuicio, por supuesto, ha tenido su fiel reflejo en Eurovisión, donde muchas candidaturas bailables que partían entre las favoritas se quedaron en tierra de nadie o desaparecieron del radar al ser juzgadas con muchísima más dureza que otras propuestas melódicas, en el peor de los casos, igual de mediocres. Los jurados han sido especialmente contrarios a que el festival se convierta en una pista de baile, pero el televoto también se ha dejado llevar en muchas ocasiones por la inercia. Como si un desafine penalizara más en un tema rítmico que en una balada, una letra divertida tuviera menos valor que otra 1.000 y una veces escrita y una melodía pegadiza fuera más criticable que el compás de guitarra o piano más básico de un aprendiz.
Todo ello nos llevaría a plantearnos qué es la calidad, pero en vez de ponernos filosóficos, vamos a ilustrar la teoría con algunos ejemplos prácticos. Para ello vamos a marginar del análisis a estilos mayoritarios como el pop y el dance para centrarnos bajo el paraguas de la electrónica. A medida que retrocedamos en el tiempo, sí nos adentraremos en sonidos que hoy consideramos más suaves, pero que en su día copaban las cabinas de las discotecas y marcaban la diferencia con la canción melódica tradicional. Amantes del techno, el house, el EMD, nostálgicas del eurodance, el Hi-NRG, el disco, curiosas del cabaret: Va por vosotras.
We Will Rave
Durante las tres últimas ediciones hemos asistido en vivo y en directo a las debacles de tres temazos que llegaron entre los favoritos a Basilea, Malmö y Liverpool y nos hicieron disfrutar de lo lindo en el Euroclub, pero a la hora de la verdad griparon, cada uno por diferentes motivos.
Todo al rojo: Strobe Lights fue una de las mejores canciones de Eurovisión 2025 y la eliminación en semifinales de Red Sebastian sigue doliendo como el primer día. Un trallazo techno con influencias EDM e industriales, perfectamente cantado e interpretado, pero con una puesta en escena más discutible, pues aunque nos dio varios de los planos más espectaculares de la edición, algunas de las ideas de la primera parte de la actuación podrían haberse desechado para que el número resultara más limpio y orgánico. En cualquier caso, su penúltima posición con 23 puntos, 12 de los cuales fueron inventados por el «público de San Marino», rozaron el insulto.
Un año antes nos fuimos de fiesta con Kaleen a un parking de Malmö y acabamos la noche en una nave abandonada donde no solo se lució cantando, sino bailando y, sobre todo, sirviendo Topfenstrudel y café vienés con gotas. Una rave espectacular en la que se mezclaban sonidos contemporáneos con algunos de nuestros mejores recuerdos de los 90 en un número total y absolutamente irreprochable, a pesar del pequeño fallo en la retransmisión que provocó un ‘coitus interruptus’ en pleno clímax. We Will Rave cerró la gala y estuvo a punto de cerrar la tabla en un impactante puesto 24 con 24 puntos, 19 del jurado y 5 del televoto. Los jueces españoles, por cierto, fueron de los más generosos, con 6 votos.
Sobre la actuación de la coanfitriona de Liverpool 2023 se han escrito ríos de tinta, desde los tabloides británicos, hasta los foros eurofans, como si compartieran en muchas ocasiones el mismo espíritu. Y lo cierto, tal y como ha reconocido la propia artista, es que no estuvo vocalmente a la altura, pero reconozcamos de una vez por todas que tampoco estuvo mucho peor que otros rivales que sí fueron bien gratificados por el jurado y el televoto y valoremos las toneladas de carisma que derrochó Mae Muller, la espectacular puesta en escena Made In England y, por encima de todo, el bopazo que es I Wrote A Song y todas y cada una de sus pinceladas house de principios de siglo.
DJ, Take Me Away
Algunos de los DJ más importantes, no solo de Europa, sino de todo el mundo, han pinchado en Eurovisión. Lo de pinchar es un decir, porque con la música pregrabada, su «directo» se limita a un teatrillo, mientras que el peso de la actuación recae principalmente en el vocalista de turno.
Sí hay que reconocerles la creación y producción de su canción, su visión artística y su propia marca, pero esto no deja de ser común a todos los autores, compositores y productores implicados en el resto de candidaturas. Las actuaciones de los pinchadiscos, además, son percibidas al otro lado de la pantalla como anticlimáticas, viendo un estadio lleno de gente dándolo todo y más, mientras uno está en el sofá abrigado con una bata de franela y removiendo el Colacao o lo que se tercie.
El italiano de nacimiento y sanmarinense de acogida, Gabry Ponte, se estampó en el último lugar de Basilea 2025, pero al menos logró clasificarse para la finalísima, a diferencia del finlandés Darude en Tel Aviv 2019. Sin embargo, vamos a centranos en dos casos muy llamativos, Lum!x y DJ Bobo.
El representante austríaco, a pesar de su juventud, tiene en su haber una docena de éxitos globales y a día de hoy conserva 6 millones de oyentes mensuales en Spotify. Cuando se estrenó su Halo para Turín 2022 se convirtió rápidamente en uno de los favoritos de la edición y a lo largo de la pretemporada fue encadenando, por una parte, triunfo tras triunfo en las encuestas de los fans, y por la otra, directos sospechosos de la solista Pia Maria. Ya sobre el terreno se cumplieron los peores presagios y la intérprete pagó su inexperiencia en los ensayos y en la semifinal, donde aún así hizo el «mejor» pase de la quincena. El jurado los hundió en última posición de la clasificatoria y el televoto tampoco les perdonó dejándolos en el puesto 11. Y sí, la voz es un requisito de mínimos, pero de nuevo si echamos un vistazo rápido a la tabla de este año en concreto podemos encontrar algunos finalistas que cantaron igual, peor o nada.
Y el abanderado suizo en Helsinki 2007 llegó a la capital finlandesa como la gran estrella del cartel, con un buen puñado de hits a sus espaldas, y como el absoluto favorito en las casas de apuestas. DJ Bobo, a diferencia de sus compañeros de cabina, sí canta, baila y actúa en primera línea del escenario. Y ya no es que no ganara, no entrara en el top 10 o no se clasificara para la final, es que ni siquiera pasó del número 20 de 28 en la semifinal más larga de todos los tiempos. Esta vez no podemos hacer de abogados del diablo porque el espectáculo fue ciertamente lamentable, el suyo, el de su partenaire Kimia Scarlett y el de toda la troupe en escena que, además, cargaron con la losa de suceder a los anteriores ganadores, Lordi, con evidentes parecidos en su imagen y temática. Ahora bien, sí podemos recuperar el debate de si las 10 finalistas de esta gala, todas y cada una de ellas, eran mejores canciones que Vampires Are Alive. Lo que sí es seguro es que la mayoría no lograron un Disco de Oro como los no vivos en la Confederación Helvética.
Midnight Gold
El rock electrónico también ha estado representado en Eurovisión por los letones Triana Park en 2017, los montenegrinos Highway y Who See en 2016 y 2013 o los georgianos Nika Kocharov and Young Georgian Lolitaz en 2016, siendo estos últimos los únicos que, gracias a una espectacular escenografía, llegaron a la gran final del festival, conformándose allí con la vigémisa posición con 104 puntos, destacando eso sí un meritorio 12 del jurado británico. Nika volvió a representar a Georgia en 2022 con otro grupo, Circus Mircus, y un sonido muy similar que, sin embargo, no tuvo la misma acogida. La vocalista de Who See, Nina Žižić, también regresó a la competición el pasado 2025, ofreciendo una actuación mucho más clásica que la explosión dubstep de Igranka, todo un éxito comercial en los Balcanes, y la apuesta más original y rompedora presentada a concurso por Montenegro que mereció un reconocimiento mucho mayor.
Run Away
Después de un descanso entre guitarras y sintetizadores, volvemos a la pista de baile pura y dura para hablar de tres canciones que se estrellaron en Eurovisión pero, antes o después del festival, nos reventaron las suelas de los zapatos. En 2014, los griegos Freaky Fortune y Riskykidd nos subieron a la tarima con Rise Up, una mezcla de EDM y rap con una curiosa introducción procesional que nos podría trasladar a la otra cara de la Semana Santa sevillana. El dúo se clasificó para la final pero, noches alegres, mañanas tristes, tuvo que volverse a casa igualando la peor posición hasta ese momento del palmarés helénico. En 2010, los moldavos Sunstroke Project, en compañía de Olia Tira, nos enseñaron como se toca y como se menea un saxofón, tanto es así que la escena se convirtió en uno de los primeros memes eurovisivos en redes sociales. La viralidad, por desgracia, no llegó a tiempo, pues en el festival no pasaron del puesto 22. 7 años después, y plenamente reconocibles para el gran público, se vengaron reventando todos los pronósticos y subiendo al podio con la divertidísima Hey Mamma!. Y en 2004, la belga Xandee aterrizó en Estambul con un número 1 de ventas bajo el brazo y dispuesta a convertir su 1 Life en la canción del verano en el resto de Europa, pero nada más lejos de la realidad. Lo que hoy reconocemos perfectamente como una buena muestra del eurodance dosmilero, incluyendo su percusión tan a la moda por esos años, recibió en su día tan solo 7 puntos dejando ojiplático a todo un país que esperaba poco menos que cantar victoria.
Divine
Y si antes citamos a algunos de los DJ más famosos que han pasado por Eurovisión, vamos a hacer lo propio con varios intérpretes o grupos que llegaron al festival después de llenar estadios con su género. Cascada y Kate Ryan cometieron en su participación un error de libro común a muchos otros artistas de estilos minoritarios: dulcificarse. El caso belga resulta especialmente llamativo, siendo la reina del eurodance europeo de los 00’s y compitiendo, a diferencia de muchos coetáneos, en un momento en el que su estrella todavía no se había apagado, optó por un schlager descafeinado y por una escenografía antiquísima que no reflejaba en absoluto su discografía. El ejemplo alemán no es tan extremo en lo musical, pero igualmente sangrante en lo numérico, pesando además en su contra los parecidos razonables con la reina regente, Loreen. Sebastian Téllier, una polifacética y reconocidísima estrella de los sintetizadores, sí salió al ruedo sin perder su esencia, a la vista y al oido, pero ni los ojos ni las orejas de los votantes estaban todavía preparados para un espectáculo que hoy en día, con todo probabilidad, sería mejor recibido.
Der Countdown läuft
Nos montamos ahora en la máquina del tiempo para emprender la recta final de la ruta del bakalao. La primera parada será, precisamente, la década de los años 90. Nos asomaremos, después, a los 80 y los 70, para terminar con una visita guiada al museo arqueolójico de Eurovisión.
En los 90, la electrónica sí tuvo su momentum en Eurovisión, pero no a través de las pistas de baile, sino mediante el new age y el chill out. En lo que al Malibú con piña se refiere, la chipriota Marlain llegó la primera y se fue la última en 1999 y el islandés Paul Oscar fue un pionero y un referente en 1997, diga lo que diga el marcador, pero en 1996 se cometieron dos sacrilegios por los que Martin Green debería salir a pedir perdón y reparar la dignidad de los eurofans.
El alemán Leon, nada más ganar la final nacional alemana, se colocó como uno de los favoritos para el festival de Oslo con Blauer Planet, una mezcla perfecta de trance noventero y schlager clásico en cuyo camino se cruzaron los despachos de las televisiones en los que se realizó una abominable semifinal en casete. Alemania, de este modo, fue uno de los siete países eliminados para la gala en directo, siendo la primera y única vez en la que el país estuvo ausente en una final de Eurovisión, lo que derivó en cambios en las normas como la implementación del televoto o la creación del Big 4. Las malas lenguas señalan con el dedo a que los jurados de la clasificatoria, muchos de ellos simples seguidores del certamen a mano de los canales, se cargaron deliberadamente al país que en el momento se percibía como el malo de la película.
Sí logró superar la infame criba la australiana Gina G en representación del Reino Unido con la mitiquísima Ooh Aah… Just A Little Bit, y su mención en este reporte de caídos no tiene tanto que ver con su resultado, una octava posición que para sí quisieran muchas, sino con las altas expectativas y, especialmente, a todo pasado, recordando su número 1 de ventas, y su #6 anual, y toda una nominación a los Grammy como Mejor Canción Dance. Sea como fuere, su actuación, y su modelazo, se han convertido en un clásico entre los clásicos de la historia de Eurovisión.
A finales de los 80, el trío de productores británicos SAW se convirtieron en un fenómeno musical a nivel global gracias a un género denominado como Hi-NRG. Básicamente, todas las canciones que se nos vienen a la cabeza de las discotecas y radios de esta época son suyas. El Reino Unido trató de explotar el estilo en Eurovisión, con Samantha Janus en 1991, Michael Ball en 1992 y la referente Sonia en 1993, cuando éste ya daba señales más que claras de agotamiento. Antes, en 1990, Chipre tomó la delantera con Milas poli, un temazo muchísimo más fiel al sonido de Stock, Aitken y Waterman que podría haber sido perfectamente una cara A de su catálogo. Quizá porque el bueno de Anastazio no era Rick Astley ni Jason Donovan, ni evidentemente tampoco Kylie Minogue ni Sabrina Salerno, los jurados pasaron de él y lo dejaron bailando en el número 14.
A principios de década los que reinaban en las pistas eran Depeche Mode, New Order o The Human League, y con esta inspiración New Wave y unas cuantas dosis de mamarrachismo, las belgas Pas de Deux se plantaron en Múnich para marcarse una de las actuaciones más nocchenteras que se pueden encontrar en el archivo eurovisivo. Se dice, se cuenta, que el jurado de la preselección flamenca estaba tan disgustado con la calidad general que se plantearon no elegir a un ganador y, finalmente, se decantaron por Rendez-vous para protestar o burlarse de la organización. Su veredicto fue duramente abucheado por gran parte del público que abandonó el teatro antes de acabar el programa e, incluso, intentó agredir a los jueces a la salida. También salieron los políticos a dar el cante, siendo especialmente criticado que una canción con título en francés abanderara a la región de Flandes, para que luego nos demos golpes de pecho por estas lindes. España fue uno de los pocos países que premiaron a este par, de hecho, 8 de sus 13 puntos son nuestros, quizá porque visual y musicalmente se podían asociar perfectamente a nuestra movida.
En los 70, el estilo disco y el sonido Motown dominaban el globo, y sus equivalentes europeos son santo y seña de Eurovisión, desde ABBA, hasta los más tardíos Bucks Fizz, pasando por Brotherhood of Man o Dschinghis Khan, pero muchas otras canciones que han pasado a la historia del festival, quizá más cercanas a los referentes estadounidenses, fueron vilipendiadas en las votaciones. Clásicos como Krøller eller ej de los daneses Tommy Seebach y Debbie Cameron, Telegram y Ein Lied kann eine Brücke sein de las alemanas Silver Convention y Joy Fleming o Baby, Baby de Nicole y Hugo se quedaron muy lejos de los puestos de cabeza o totalmente hundidos en el lado derecho del marcador, cuando habrían sido más que dignas ganadoras de sus respectivas ediciones.
Ya en los orígenes de Eurovisión nos encontramos con ejemplos ilustrativos de que la música de baile no es bien recibida en la fiesta de la canción europea, como no lo fueron las recientemente fallecidas hermanas Kessler que representaron a Alemania en 1959, siendo ya por aquel entonces dos estrellas consagradas en la escena del cabaret parisino. Alice y Ellen se quitaron el corsé (musical) de posguerra, provocaron suspiros al otro lado de la pantalla y protagonizaron nada más y nada menos que el primer ‘dance break’ de la historia del festival. Y a la pregunta inicial de qué es la calidad, la sonrisa, lo es.
Conversación
Grana artículo! Yo añadiría el Unforgettable de Markus & Martinus, que obtuvo un 9º puesto que creo que supo a poco (11 en televoto) o el Lights off de Chequia 2022, que se hundió en la tabla. Creo que Felicia alcanzara el TOP10 por ser Suecia, pero le va a costar acariciar el TOP5.