Dos mujeres que trabajaron para Julio Iglesias en sus mansiones le acusan de agresiones sexuales

Dos extrabajadoras de las mansiones de Julio Iglesias acusan al artista de agresiones sexuales, abusos de poder y humillaciones, hechos que habrían acontecido en 2021, cuando el cantante madrileño tenía 77 años, en sus residencias de República Dominicana y Bahamas. Así lo corrobora un exhaustivo trabajo de investigación publicado por elDiario.es en colaboración con Univisión Noticias, donde se describe el ambiente de control extremo, acoso continuado y sometimiento al que habrían estado sometidas estas mujeres, que trabajaban en régimen interno para quien fuera representante eurovisivo en 1970 con la canción Gwendoline, en un festival celebrado en Amsterdam en el que acabó en cuarta posición. Fiscalía de la Audiencia Nacional ya ha abierto una investigación al respecto, indicando que la denuncia fue presentada el pasado 5 de enero y que ha incoado diligencias de investigación penal preprocesales que tienen «carácter reservado», añadiendo que no dará de momento más detalles «en aras a la protección prioritaria de las presuntas victimas».
Estas dos personas ya han solicitado asesoramiento legal con el fin de presentar una denuncia formal por los presuntos abusos, y sus testimonios ya han sido remitidos a una organización internacional de derechos humanos. No en vano, sus relatos, contrastados mediante una ingente tarea periodística de tres años con abundantes pruebas documentales –como fotografías, registros de llamadas, mensajes de WhatsApp, visados, informes médicos y otros documentos– resultan ser escalofriantes. La más joven de las empleadas tenía entonces 22 años y, junto a otras compañeras, acusa a Iglesias de penetraciones no consentidas con los dedos, tanto vaginal como analmente.
«Me sentía como un objeto, como una esclava», declara Rebeca —nombre ficticio—, quien asegura que los episodios de carácter sexual se producían de forma reiterada y, en muchos casos, con la presencia y participación de otra trabajadora de mayor rango, lo que reforzaba la situación de abuso y dominación. Según las denunciantes, Iglesias les dirigía preguntas de índole sexual de manera cotidiana del tipo: «¿Te gustan las mujeres?», «¿Te gustan los tríos?» o «¿Te has operado los pechos?». No se detenía ahí, dado que sostienen que les pedía verles los senos o se los tocaba, bajo el pretexto de comprobar el resultado de una cirugía de aumento de pecho o de valorar si debían someterse a una intervención estética.
Resulta evidente que estos capítulos se habrían generado en un contexto de desigualdad absoluta de poder, donde cualquier negativa podía tener consecuencias laborales. La otra denunciante, Laura —también nombre ficticio—, desgrana que Iglesias la besó en la boca y le tocó los pechos en varias ocasiones, tanto en la playa como en la piscina de su villa de lujo en Punta Cana. Además, las trabajadoras denuncian haber sufrido bofetadas, humillaciones constantes y vejaciones físicas y verbales durante su estancia laboral.
Cae el mito del eterno seductor
Musicalmente, cabe recordar que Julio Iglesias tiene una conexión histórica con Benidorm, ya que ganó el Festival de la Canción de Benidorm en 1968 con La vida sigue igual, lo que relanzó su carrera. Su legado continúa hoy en día en el Auditorio del Parque de l’Aigüera que lleva su nombre, un gran recinto al aire libre que acoge eventos musicales y festivales, con una estatua del cantante en sus inmediaciones. A nadie se le escapa que esta revelación periodística propina un duro golpe a la imagen pública del cantante durante años personaje asiduo en la prensa del corazón y que construyó su carrera sobre el mito del eterno seductor.
En base a todos los testimonios, Iglesias, que desde hace unos años preserva en la intimidad su imagen pública y del que no se conoce con exactitud su actual estado de salud, desplegaba un comportamiento que acababa convertido en un patrón sistemático de abuso, facilitado por la dependencia laboral y el aislamiento propio del trabajo interno en las propiedades del artista, hasta el extremo de hacerles proposiciones sexuales de forma reiterada e imponiéndoles restricciones sobre su vida privada, entre ellas prohibirles mantener una relación sentimental mientras trabajaran para él. Iba más allá: no podían hacer fotografías en el interior de la vivienda, ni en los jardines o la playa privada, y debían entregar su teléfono móvil si el artista se lo requería, con el propósito de revisar fotos y conversaciones de WhatsApp.
La investigación hace hincapié asimismo en el régimen de aislamiento extremo al que les tenía sometido, ya que no podían salir de casa debido al miedo al contagio que manifestaba el artista, así como relacionarse con el personal de mantenimiento. Las denunciantes aseguran que no podían hablar entre ellas ni entablar amistad, lo que reforzaba un clima de vigilancia, control y dependencia, por lo que no podían siquiera ayudarse entre ellas. Una desgarradora historia que podría engrosar en un episodio más del Me Too, movimiento social y de concienciación contra el abuso sexual, el acoso y la cultura de la violación, en el que las mujeres hacen públicas sus experiencias.
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