Eurovisión dentro de 10 años: ¿United by music?, el reto reputacional y los grandes cambios tecnológicos

Si algo caracteriza al Festival de Eurovisión es su gran capacidad de resurrección a lo largo de la historia y no pocas polémicas: desde compra de votos, jurados opacos, la inclusión del televoto, hasta retiradas y expulsiones. Sin embargo, hoy, a mediados de la década de 2020, el certamen atraviesa lo que muchos expertos y seguidores no dudan en calificar como su primera gran crisis reputacional del siglo XXI.
No solo es una crisis de audiencia, pues al fin y al cabo sigue siendo un fenómeno social, sino de legitimidad, credibilidad y sobre todo de reputación. La pregunta que flota en el ambiente no es si Eurovisión morirá, sino qué será de él dentro de diez años: ¿Un macrofestival comercial?, ¿Un campo de batalla geopolítico sin disimulo?, ¿O quizás el último reducto de la música popular sin filtros? Teniendo en cuenta que cada vez hay más intereses económicos detrás del certamen que lo alejan de su espíritu pura y esencialmente artístico es difícil responder a estas cuestiones. Por eso, en este artículo se plantean y analizan varios posibles escenarios sin obviar lo más importante: el contexto actual, marcado por acusaciones de amaño, vetos, la participación y legitimización de Israel a pesar del genocidio contra el pueblo palestino, el auge del voto de la diáspora, y la creciente presión a los artistas.
El siguiente artículo no es un análisis predictivo al uso ni mucho menos un artículo informativo. Es un ejercicio de hipótesis, reflexión y teoría sobre lo que podría ocurrir en Eurovisión dentro de una década, partiendo exclusivamente del contexto actual: crisis reputacional, tensiones geopolíticas, presión de las televisiones y un divorcio creciente entre las instituciones y la audiencia real. No se trata de afirmar lo que será, sino de explorar lo que podría ser.
Escenario 1. La burbuja del «contenido seguro» o, en otras palabras, el funeral de la creatividad
Quiźas en el futuro, la UER sucumbe a la presión de las televisiones públicas y los patrocinadores. Para 2036, Eurovisión se podría convertir en un producto técnicamente impecable pero emocionalmente frío y carente de propuestas disruptivas y con personalidad. Las canciones pasan cada vez más por filtros de idoneidad reputacional: nada que pueda rozar lo político, lo provocador o lo excéntrico.
La crisis de 2024-2026 -con banderas retiradas, expulsiones y comunicados de condena mutua entre delegaciones- llevó a la organización a blindar el reglamento. El resultado: un festival donde el riesgo brilla por su ausencia. Los artistas son avalados por comités de ética y las puestas en escena siguen manuales de seguridad muy estrictos. El público más joven abandona progresivamente el programa, cansado de un concurso que ya no sabe a nada. La audiencia se estabiliza en cifras decentes, pero el fenómeno fan se diluye. Eurovisión sobrevive, pero como un decorado de sí mismo.
Por supuesto, el auge de la extrema derecha en varios países europeos juega un papel determinante en esta deriva. Lo que antaño era un festival que abanderaba la visibilidad de las minorías, el orgullo LGBTIQ+, la salud mental, la lucha contra el bullying, contra el patriarcado y contra el racismo o la defensa de la paz mundial, corre ahora el riesgo de ser percibido como un espacio «demasiado woke» para según qué televisiones y gobiernos conservadores. En este contexto, algunas delegaciones comienzan a presionar para que el certamen adopte una postura más neutra, tradicional y aséptica, despojada de cualquier mensaje que pueda resultar incómodo para sus audiencias. El mismo concurso que durante décadas fue un refugio para la diversidad y la libertad expresiva podría terminar siendo una víctima al servicio de quienes lo financian y deciden.
Escenario 2. El festival como un espejo del mundo político
Para 2036, Eurovisión quizás habrá dejado de fingir neutralidad. Tras años de tensiones, la UER podría acabar optando por un sistema de «suspensión automática por violación de derechos humanos» consensuado con la UE. Esto provocaría la salida de varias naciones del Este y del Cáucaso, y por supuesto de Israel.
El certamen original se convertiría entonces en un bloque occidental homogéneo: nórdicos, Centroeuropa, España, Portugal, Benelux y potencias como Reino Unido y Alemania. Las votaciones se vuelven predecibles (intercambio de puntos entre aliados políticos) y el ganador suele coincidir con el país de moda en Europa, o incluso un ganador previamente consensuado para que sea el menos problemático y neutral posible. La crisis reputacional se cronifica: los fans denuncian que el festival ya no premia la mejor canción, sino la mejor bandera. La audiencia se polariza: unos lo ven como un acto de civismo y amistad, otros como un circo hipócrita.
Escenario 3. Eurovisión 2.0 – Realidad aumentada, tecnología y la famosa IA
Aquí el futuro es tecnológico, pero no necesariamente bueno. Para 2036, el festival igual ya ha abrazado la inteligencia artificial (si no ha estallado antes la burbuja) y la «experiencia inmersiva». Cada país presenta una canción compuesta con IA, y las votaciones se hacen mediante hologramas. El escenario físico ya no es una limitación.
El problema: la sobreexposición tecnológica acelera la crisis de autenticidad. Los fans más veteranos denuncian que Eurovisión se ha convertido en un concurso de ingeniería de sonido y tendencias virales. Los países pequeños, sin recursos para desarrollar buenos mundos virtuales, desaparecen del top 10. La crisis reputacional ya no es solamente política, sino existencial: ¿qué sentido tiene un festival de canciones si las canciones las escribe una máquina y el público las consume a través de filtros vocales y de realidad aumentada que distorsionan las actuaciones?
La UER intenta venderlo como «evolución», pero las críticas son constantes. En 2036, habrá voces que pedirán volver al papel, al directo imperfecto, a la torpeza humana. El riesgo: que sea demasiado tarde.
Escenario 4. Un poquito de esperanza y optimismo, aunque improbable
Existe una vía alternativa. Tras tocar el fondo reputacional (con boicots, fugas de patrocinadores y caídas de audiencia), la UER reacciona con una transformación radical: se establece un criterio de votación para el jurado profesional, el público vota en formato de ranking, y los países vuelven a apostar por artistas diferentes y propuestas auténticas. Para 2036, quizás, Eurovisión es venerado de nuevo como una trinchera de libertad creativa. Los escándalos políticos siguen existiendo, pero la música vuelve a estar por encima y se cumple su lema «United by music». Ese sería el milagro. Pero visto el contexto actual de crispación y calculadoras de márketing, pocos se atreven a apostar por él.
Y… de vuelta a la realidad. El escenario actual
A diez años vista, Eurovisión no desaparecerá. El poder institucional y de las audiencias televisivas lo impiden. Pero el futuro del festival ya no se mide en share, sino en credibilidad. La crisis reputacional actual –alimentada por la politización forzada, la desconfianza en el sistema de votos y la fatiga del «contenido seguro»– no es un bache pasajero, sino un síntoma de que el modelo actual ha caducado y necesita renovarse urgentemente.
Los próximos diez años decidirán si Eurovisión sigue siendo ese extraño artefacto capaz de unir a Europa en su diversidad, o si se convierte en un producto más del entretenimiento. Ojalá el juicio de la historia –y el de los fans– sea más generoso que el de los pronósticos actuales. Pero el reloj ya corre. Y los problemas, mientras tanto, siguen sin resolverse sobre el escenario.
Porque hoy, quizá por primera vez en décadas, la distancia entre la opinión global del certamen (lo que dicen las televisiones, los gobiernos y los patrocinadores) y la opinión real de la audiencia es gigantesca. Mientras Eurovisión siga respondiendo a intereses geopolíticos y a las agendas institucionales en lugar de escuchar la voz mayoritaria de los fans –esa que pide autenticidad, riesgo y coherencia–, el problema de fondo seguirá intacto. Y ese desencuentro, más que ningún otro, es probablemente el problema principal al que se enfrenta Eurovisión hoy.
Y ahora la palabra es vuestra, lectores de Eurovision-Spain: ¿Cuál de estos escenarios os parece más probable a día de hoy? ¿O acaso existe otro camino que no hayamos contemplado? ¿Eurovisión logrará resolver el conflicto entre los intereses políticos y la opinión pública, o estamos asistiendo al principio del fin de su alma? Abrimos debate en los comentarios.
Conversación
Pues yo creo que va a seguir igual… Pasando y sobreviviendo año tras año… Pero cambios no preveo
que buen dossier. de aquí a 10 años creo que va a cambiar el tipo de televoto. ya cambió, desde 2024 podemos votar más comodo desde la web y no deoender de la señal de un operador. es buena idea lo de votar por ranking. como cuando votamos en ESC-Radio para el ESC250 que es tu top10 en ranking. votando a 10 paises diferentes puedes diversificar los grupos geográficos. como el junior que votas a 3 diferentes, pues aquí a 10. además de evitar vecinismos y campañas, apoyas otros estilos de música