El 21 de noviembre, la UER nos sorprendió con un paquete de propuestas que quiere someter a votación los días 4 y 5 de diciembre para “mejorar” -permitid las comillas- el sistema de votación del festival de Eurovisión de cara a 2026. Esta votación parece que sustituirá a la propuesta previa sobre la participación de Israel ante el boicot por parte de las televisiones de Eslovenia, España e Irlanda, entre otras, y que ya analizamos en el pasado artículo.
Entre estas propuestas, bastante poco ambiciosas y limitadas, destaca la número tres, que apunta a un objetivo infinitamente mayor que el resto. Reza lo siguiente:
“Las instrucciones de votación actualizadas apoyan la promoción apropiada de artistas y sus canciones (…), pero desaconsejan la promoción desproporcionada, especialmente cuando es llevada a cabo o apoyada por terceras partes incluyendo gobiernos o agencias gubernamentales”
A priori, la norma parece bastante sensata: se prohíben “campañas desproporcionadas impulsadas por terceras partes” que “puedan distorsionar el voto”. De la misma manera, Martin Green ha añadido en su carta abierta que “casos probados de intentos de influir los resultados de forma excesiva no serán tolerados y serán denunciados”.
Cuando las palabras no significan suficiente
Hasta aquí, bien. O mejor dicho: hasta aquí, ya está. Solo con esto, ni siquiera sabemos si podríamos sancionar a Miriana Conte por promocionarse en la aplicación Grindr durante la semana del festival.

Si leemos de cerca los textos, los agujeros de significado saltan a la vista. Estos agujeros de significado son consecuencia de lo que en lingüística llamamos vaguedad, que se da cuando el significado de una palabra no está lo suficientemente definido como para saber si resulta aplicable a un caso. No se debe confundir con la ambigüedad, que se da cuando más de un significado de una palabra se puede aplicar a un caso concreto. Los casos de vaguedad, se pueden dividir en dos grupos.
Vaguedad semántica: cuando una definición es un límite gris
El primer grupo, que podríamos llamar vaguedad semántica, lo conforman los usos de aquellas palabras que tienen en sus límites del significado zonas grises. Es decir, palabras para las cuales no podemos establecer una línea que sea la frontera concreta. Aquí entra la palabra “desproporcionada”.
¿Cuántos tuits patrocinados de la cuenta de X de Destiny con el hashtag #destinedforgreatness necesitaríamos para considerar la campaña como desproporcionada? ¿30? ¿300? ¿3.000? ¿30.000? ¿Y dónde estaría la frontera? ¿5.340 no sería desproporcionado pero 5.341 sí? Cabe destacar que este problema no es anecdótico para la propuesta de reforma, porque tal cual está formulada hace depender la sanción de la interpretación subjetiva de la palabra.

La vaguedad semántica tiene que ver con la naturaleza de algunos adjetivos y adverbios. Algunos de estos se llaman escalares porque forman parte de una escala, en la que en cada punta encontramos a su opuesto (bajo-alto, poco-mucho, insuficiente-excesivo). Cuando definimos palabras con estas escalas, si recaen en las zonas intermedias se les pueden aplicar los términos de ambas puntas. Si esto no fuera suficiente, además, las escalas son relativas. En términos absolutos, una persona puede ser baja, pero ser la más alta de su casa. De la misma manera, en términos eurovisivos, una campaña puede ser grande pero no excesiva, o ser excesiva pero en comparación con otras ser insuficiente.
Vaguedad pragmática: cuando no te dicen suficiente
Cuando la persona que emite el mensaje no da la información suficiente (deliberadamente o no) para poder seguir con la conversación, estamos ante un tipo de vaguedad mucho más flagrante, denominada vaguedad pragmática. Aquí el ejemplo claro es que, según la normativa propuesta, se sancionará toda campaña que “distorsione el voto”. Esta expresión tiene una selección de palabras cuanto menos poco informativa y absurda, ya que el objetivo de toda campaña de promoción es conseguir más votos de los que se obtendrían sin ella, entonces toda promoción tiene por función la distorsión del voto.
En el hipotético caso de que se hubiera llevado tanto a Destiny como a Miriana a responder ante esta norma tendríamos, desde luego, dos memes que serían dignos sucesores del de Eleni Foureira explicando que “aye aye aye, fuego” quería decir “yeah yeah, fire”, solo que esta vez las tendríamos explicándole al grupo de referencia que el objetivo de una campaña es conseguir votos.
La vaguedad deliberada como recurso para delegar
Más allá de las bromas, en los textos legislativos la vaguedad más que un defecto es un recurso para posponer decisiones definitivas delegándolas al órgano que las tiene que aplicar. Sin embargo, hay que destacar que tenemos ejemplos de casos que podrían listarse en las propuestas como muestra de qué se quiere decir con “exceso” o con “distorsión” de votaciones. O incluso, directamente, prohibirse para que no se repitan en ediciones venideras. Ejemplos de ello son dedicar partidas presupuestarias más que considerables por parte de gobiernos a la promoción de candidaturas o la compra de tarjetas telefónicas en el extranjero para asegurarse puntos en países con poca población.
En el contexto de la Unión Europea hay una palabra para esta vaguedad deliberada, se llama flou artistique, que consiste en no ser excesivamente explícito para evitar casos no deseables de la aplicación de la norma. Ahora bien, hay casos, como el mencionado previamente de campañas coordinadas por gobiernos durante el festival, que se podrían explicitar en la norma para atajarlos ya, pero no se ha hecho. ¿Por qué? Porque poner límites claros implica sancionar a quien los cruza, a todos. Es mucho más cómodo escribir “desproporcionado” y “campaña que distorsiona el voto” y ya que cuando se dé el caso concreto ver si merece o no la pena actuar. La elasticidad del significado es una herramienta más para no parecer estricto con los países y televisiones que participan de tu festival y que, al mismo tiempo, lo sustentan económicamente.
Ser vago (no aclarar) para ser vago (no hacer)
De hecho, la vaguedad es muy buena herramienta de gestión de imagen. Va muy bien para apagar los fuegos de las polémicas y este caso no es menos. Gracias a este comunicado, la UER se muestra como una organización que parece “haber tomado acción” ante una problemática que últimamente está en boca de todos los fans. Pero esto lo consiguen de una forma cómoda ya que no comprometen ningún significado y por tanto las palabras “excesivo” y “distorsionar” significarán lo que necesiten que signifiquen en el momento que sea necesario. No cierran la puerta a ninguna decisión futura y, de la misma manera, no confrontan a los participantes que motivan las reformas.
Cuando contestar es dar la razón
Todo esto podría ser pasable si fuera un anteproyecto, pero por lo que hemos sabido, esta norma se va a votar los días 4 y 5 de diciembre en la asamblea de la UER, si no en estos términos en unos muy similares (o no mucho mejores en vista de la cuestionable calidad de la formulación de la propuesta). Es, cuanto menos, alarmante que se vaya a votar lo que desde el derecho y la lingüística llamamos una pregunta capciosa.
Para entenderlo mejor, vayamos a 2012, cuando un reportero griego le preguntó a Kaliopi, representante de la entonces llamada República Ex-yugoslava de Macedonia, “¿por qué no usas el verdadero nombre de tu país?”. En este caso, la artista fue más rápida que el reportero y se negó a responder. ¿Por qué? Porque era una trampa. Respondiera lo que respondiera aceptaba indirectamente que el que ella usaba no era el nombre real de su país: si decía “porque no quiero” no niega lo que dice el reportero, si dice “porque yo no lo reconozco” lo que dice el reportero sigue en pie, si dice “porque no lo es” ahí ya entra en una discusión con él que no le merece la pena. En su lugar, decidió ponerse a bailar y recordarle que sus compatriotas bailaban música griega en sus bodas y que amaba Grecia.
De una forma parecida, retomando el caso de la votación de la reforma, tanto si se vota a favor como en contra, se acepta que la UER tiene el poder de decidir sin guías específicas acordadas entre televisiones que cuenta con palabras trampa como “exceso”, “distorsión”, “terceras partes” o “influencia indebida”. Eso supone darle a la UER un margen de interpretación enorme sin definir una sola frontera de significado. Solo el hecho de que se pueda proponer debe ser cuestionado.
Evitando ser vagos…
En resumen, la norma es vaga, la vaguedad es deliberada y votar una norma vaga equivale a votar una delegación en blanco del tipo “haz tú lo que creas conveniente cuando llegue el momento”. Lo que hace unos días era un debate público sobre la continuidad de Israel en el festival, la equidad del voto y la legitimidad del festival, ahora se transforma en una votación que parece rigurosa, pero que no lo es en absoluto, y que aleja el foco del problema base que tiene el Festival.
Y lo preocupante no es solo que las normas sean vagas, sino que la pregunta ya desde su formulación es capciosa. No tanto por lo que dice como por lo que hace: te obliga a votar unas normas deliberadamente indefinidas para que parezca que el problema es técnico y no político. Y así, al responder, acabas aceptando sin querer que la votación que se planteó hace meses, la que cuestionaba la participación de un estado que instrumentaliza el festival para tapar una masacre, se haya sustituido por otra que, previsiblemente, volverá a convertirse en papel mojado.