MONTEVIDEO

Montevideo podría ser una especie de Bruselas. Varada en el monte VI al borde del Río de la Plata, se despliega serena, desde la espina dorsal del 18 de julio hasta las escamas luminosas de las ramblas, ese interminable camino de arena, verde salitre y líneas azules. Tiene ese sentido humano del ritmo que mantienen […]
Publicado el día 03 de diciembre de 2020
IMAGENES WEB-03

MONTEVIDEO

Montevideo

Montevideo podría ser una especie de Bruselas. Varada en el monte VI al borde del Río de la Plata, se despliega serena, desde la espina dorsal del 18 de julio hasta las escamas luminosas de las ramblas, ese interminable camino de arena, verde salitre y líneas azules. Tiene ese sentido humano del ritmo que mantienen las ciudades sabias, aquellas que no necesitan de las prisas para aparentar ser grandes. De hecho, la magnitud uruguaya reside en la esencia de su carácter y no en el tamaño razonable de sus distancias.

Los domingos, frente por frente a un sol anaranjado, la multitud tranquila conversa al atardecer en la playa Ramírez, junto a la sede del Mercosur, mientras suena la voz tanguera de la uruguaya Malena Mulaya. Un auto con tres chicos sigue hacia el Parque Rodó y deja en el ambiente un tango más electrónico, del grupo uruguayo y argentino Bajofondo, en una canción de éxito en la que sonaba entremezclada la voz mexicana de Julieta Venegas. Tan azteca como la voz de Paulina Rubio, cuya estampa rubia el viajero había visto antes en el televisor de un restaurante, entre chivitos y milanesas.

Los kioskos de la avenida 18 de julio lucen en portada el rostro póstumo pero feliz de la negra, Mercedes Sosa, esa argentina y universalmente latinoamericana. Y a la ribera del puerto antiguo, en el compás ajetreado de los bares del mercado, los sonidos dulzones de Marisa Monte retumban, transformándose en la calle luminosa en los ritmos cadentes del chileno Lucho Gatica. En la Plaza Matriz, cual Grand Place belga, se oyen murmullos artesanos, y un tumulto se acerca a un escenario donde suena una murga. Esa noche juega Ecuador, y por aquella cosa humana de la ubicación, el viajero observa que los ecuatorianos son más pardos de piel y los uruguayos toman mate, pero ambos animan en la misma lengua.
En un bar de la Ciudad Vieja empieza sonar aquella canción pegajosa que cantaban un venezolano y una española, azuzada por el éxito estival en España. Y justo enfrente, en una cafetería librería quizás más alternativa, desde el primer piso donde se asoman los aromas del café al balcón, se oye la voz cansada de Bebe y el ritmo chill de Pastora, con ese acento español europeo que tanto marca. Subiendo de nuevo 18 de julio, dejando los pasos populares de tango que laten en Entrevero, bajo las sombras de los árboles de Cagancha, pasan los autobuses camino de Tres Cruces, estampada en una valla publicitaria el último disco de la colombiana Shakira. Y más lejos, donde las sombras y las casas de Reus se abrazan al Cordón Norte, nace y se hace fuerte el mercado de Tristán Narvaja, la calle de los libreros. Allí si acaso suena algún tango melancólico, alrededor de las palabras uruguayas de Mario Benedetti, del peruano Vargas Llosa o del chileno Pablo Neruda.

 

Montevideo

Montevideo podría ser una especie de Bruselas, esa sede de la unión, recóndita y oceánica, en un ritmo sudamericano más humano y más sabio. Pero Bruselas no podría ser como Montevideo. No sólo porque le falta el mar, la luz y el sabor añejo de la capital uruguaya. Sino porque le falta ese jugo musical que fluye y rezuma a cada paso, la música de todo un continente, fruto de la diversidad y del sentido propio de vecindad.

En Europa se creó un festival para celebrar una plataforma única, pensando también en acercar culturas y expandir la música. Pero los circuitos comerciales europeos son estrictos departamentos dentro de un bloque gigante, donde sólo pequeños riachuelos pueden colarse allende de las fronteras y las lenguas. Latinoamérica no es ese bloque de pequeños apartamentos, ombligo de sus espacios y sus conquistas, sino un campo abierto donde a pesar de todo, las cosas fluyen con mayor naturalidad. Y no sólo por la obviedad de que una misma lengua ayuda a que las melodías circulen con más facilidad: navegar el Río de la Plata, cruzar los Andes, volar la altiplanicie inca y los valles mayas, y seguir hablando el mismo idioma, como un sistema primitivo de energía que robustece una vasta región.
En el viejo continente, el Festival de Eurovisión no puede desbloquear las fronteras histórics de lenguas, personalidades y muros. Y en Bruselas, su capital burocrática, se seguirá oyendo las canciones en francés como ciudad de oficinas en la órbita cultural de Francia, sumándose además aquellos artistas anglosajones cuya lengua, cual yegua inteligente, salta las barreras de las fronteras para atiborrarse del pasto verde. Pero en Bruselas no se oirá de forma natural música de Polonia, ni de España, ni de Grecia, si no cambian su lengua.

¿Llegará alguna vez Bruselas a ser como Montevideo?, ¿serán las lenguas de Eurovisión un reflejo más equitativo de la torre europea de Babel? En Montevideo nunca el viajero llegó a oír la teoría de una sola lengua. Sólo se volvió a plantear si realmente las canciones en inglés que cosen Europa suenan mejor por la sonoridad cierta de la lengua o por la fuerza de la costumbre que provoca la preponderancia del dinero. La música recorre Latinoamérica de un país a otro, la lengua española es un río Nilo desde Nueva York hasta Tierra de Fuego. Sedimenta el intercambio allá donde tiene cauce  y se transforma en portuñol cuando toca el Amazonas. Si Eurovisión fracasó en su intento de abolir fronteras musicales, de mostrar riquezas culturales y matices lingüísticos, es una realidad aún por ver en esa Europa, caudalosa en ríos, que quizás no haya aprendido a disfrutar de sus lenguas, a compartirlas con naturalidad. Y como se decía en Salamanca, lo que la naturaleza no da, Eurovisión no lo presta.

Montevideo

Conversación