APOSTILLAS A NI ESTE NI ESTA

Verán ustedes, yo creo en la comunicación. En la facul -ya nadie dice eso, pero es un término tan tierno…- los profesores insisten en la interactividad con la misma frecuencia con la que alguien se crispa instintivamente al oir la cantinela "Eurovisión ya no es lo que era". Esta web pone al servicio de ustedes […]
Publicado el día 03 de diciembre de 2020
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APOSTILLAS A NI ESTE NI ESTA

Verán ustedes, yo creo en la comunicación. En la facul -ya nadie dice eso, pero es un término tan tierno…- los profesores insisten en la interactividad con la misma frecuencia con la que alguien se crispa instintivamente al oir la cantinela "Eurovisión ya no es lo que era". Esta web pone al servicio de ustedes los usuarios la posibilidad de adherirse a mis opiniones o repudiarlas con clase, entre caballeros. Pero de nada sirve que este debate se cierre sin una parlamentaria contrarréplica. Los medios se deben retroalimentar con la actividad del usuario que los consume. Que la revolución democrática que supone la Interné siga su curso, Dios mediante -y por Dios entendamos al laureado Google, quien fijo que cuenta los días para fagocitar vía OPA algún país, San Marino mismo-.

Si a esta parrafada le unimos el típico "gracias por estar ahí", deje de jubilado senil o ganador del Tienes Talento poco antes de ser devorado por su caniche, he considerado la necesidad de apostillar cada columna en la que haya algo que puntualizar o debatir a raíz de sus comentarios, con su permiso. Y, por supuesto, agradecería que volvieran a participar, del mismo modo que agradezco sus entusiastas halagos mucho mucho.

En Ni este ni esta yo exponía uno de los puntos fuertes del sujeto antieurovisivo, de aquél que razona en prejuicios: la moda occidental de pensar en la otra parte del telón de acero como un bloque homogéneo y obsesionado por controlar el festival muajuajua (carcajada malévola), en un resarcimiento de la victoria que nunca pudieron conseguir sobre el capitalismo maldito (again). Es obvio que no es así, que no todos esos países tienen ese sentimiento de pertenencia, que no hay fraternidad entre Hungría y Armenia, de verdad. Y de haberla, pues comencemos a considerar amiguitos patrios a los conciudadanos croatas, o libios. Es necesario romper el cemento que lleva al eurooccidental a considerar a más de medio continente como un solo bloque.

Entonces, ¿qué recórcholis entendemos por vecinismo? Atendamos en un primer análisis a la Teoría de la Frontera, ampliamente trabajada por mi cuñado -¿en serio pensábais que no lo mencionaría?-. Rusia limita con diez países eurovisivos: dos escandinavos -Noruega y Finlandia- que, como Polonia, no son tan de tradición efusiva hacia los rusos como se podría suponer, los tres bálticos que nadan a dos aguas, y cuatro incondicionales -Bielorrusia, Ucrania, Georgia y Azerbaiyán-. De ellos sólo cinco estuvieron en la primera semifinal, en la que Dima Bilan se clasificó. Sin embargo, faltaría a la verdad si no reconociera la enorme influencia que tiene Rusia sobre la Comunidad de Estados Independientes, residuo de su pasado soviético. Es decir, faltaría a la verdad si no uniera a esa lista únicamente dos países más: Armenia y Moldavia. Y punto. Doce y con peros, cerca de los ocho de jeminy, pero lejos de los veintiuno de Inot. Para sumar algo más, habría que acudir a la Hipótesis Histórica del Bloque Rojo. Pero, verán ustedes, ni por esas. Hay países que el ojo de occidente uniforma de cheerleaders rusas, pero que están políticamente avergonzados de su pasado satélite. Rumanía, Hungría, la República Checa, Eslovaquia o Bulgaria hoy forman parte de la Unión Europea, en un bloque geopolítico distinto al de Rusia. Por otra parte, los ciudadanos balcánicos de la fulminada Yugoslavia se intercambiaban amenazas de magnicidio con los de la U.R.S.S. No, no, no: esta Hipótesis no consigue engordar la esfera rusa.

Sin embargo, tras estos desvaríos mentales que habéis leído de un defensor del sistema actual del Festival (guiño, guiño), sería de necios no reconocer la verdad de las palabras de MalagaVision: "una gran canción mandada por un occidental parte con 100 puntos menos de ventaja que una buena canción oriental". Esta formulación encuentra su apoyo en el estudio de miau33, quien cifra el apoyo vecinista al gigante ruso en unos 164 puntos la pasada edición. Sin embargo, con la lista de países que para mí realmente podemos considerar amiguísimos, a duras penas llego a la mitad de la cifra anterior. En cualquier caso, ansioso estoy de conocer los métodos que ha usado SaRbEl_ZgZ, porque de ser su estudio verídico, atenuaría la disputa en torno al sempiterno tópico que nos concierne. Él asegura que las variaciones en la tabla serían escasas si se eliminara el voto vecinal e inmigrante. Todos podríamos seguir pensando en el fastuoso Moscú 2009, por mucho que Yevgeny Marchenko, diputado de Rusia Justa, relacione decadencia y Eurovisión debido a los efectos psicotrópicos y alucinógenos que su propia ideología le crea.

Antes de escudarme en unos datos de los que desconozco su obtención -ilústreme vía e-mail, Sr. Sarbel: ¿es usted el esclavo que elabora los informes de Svante Stockseilus?-, prefiero buscar más razones, por si acaso. Y todas ellas apuntan a lo mismito: una morrocotuda influencia cultural, una macanuda promoción y una pelotuda ausencia de estos factores entre los países de otros bloques. Dima Bilan es una estrellaza que ha conseguido representar dos veces a su país para mayor gloria de adolescentes postsoviéticas, "esa cultura común" para Shibuya_koa. Y esto no es otra cosa que, de nuevo, influencia cultural. A nosotros los occidentales -quienes construimos nuestra identidad eurovisiva por oposición a la oriental, triste reconocerlo- no gozamos de esta unión. Tradicionalmente enfrentados en el concurso, nos hemos subdividido en grupúsculos de mínima extensión e influencia, y eso que también tenemos un pasado común, enhebrado en semejantes valores e historias. A ver si es que lo que a nosotros nos jode es nuestra incapacidad por sacar partido de estos vínculos para votarnos en el festival y traerlo a sus tierras primigenias…

Anyway, varios de ustedes han mencionado la importancia del voto inmigrante, tema del que yo no hablaba. A mi parecer, el hecho de que el televoto refleje una sociedad plural es un elemento de riqueza. Sin embargo, muchas son los que ya se cansan de la continuidad de nuestros doces a Rumanía. Y la cuestión no es baladí. Remite necesariamente a la pasividad del público "nacional", que no vota y que encima se cree con derecho a criticar lo que sus conciudadanos eligen a través del televoto. Y el debate está servidísimo, me salen tantos interrogantes como comentarios peripatéticos hace Sir Terry Wogan: ¿tanto poder adquisitivo tiene una comunidad de inmigrantes que es capaz de silenciar los gustos del país que les acoge? ¿Acaso no hay español que vote a Rumanía? ¿La convivencia con la inmigración europea no influye en los gustos españolísimos? ¿Los armenios son un lobby? ¿Por qué nadie le quitó a Gisela eso de la cabeza?

No hay verdades absolutas en Eurovisión. Lo único cierto es que cada uno vota por lo que quiere, a quien quiere, y que los columnistas pedantes sólo sabemos elucubrar. Que son ustedes quienes sintetizan nuestras ideas. Como dijo raxelvision (si us plau, qué mejor manera de acabar la columna): "Europa occidental no es el centro de todo, así de fácil".

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