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Publicado el 19/05/18
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Una semana es tiempo más que suficiente para reposar y ordenar las ideas, opiniones y todo lo que hemos vivido durante 15 días en Lisboa. Eurovisión 2018 ya es historia y, automáticamente, ya estamos pensando en el futuro. Al menos nosotros y seguro que vosotros. 

Estos siete días, y gran parte de los 15 anteriores, hemos vuelto a tener esa sensación anual de deja vu. Ya habíamos visto, escuchado y dicho todo lo que estábamos viendo, escuchando y diciendo. El desenlace de la historia, por lo tanto, no podía ser otro que el mismo de siempre.

La televisión pública española no solo volvía a hacer el ridículo en Eurovisión y ante toda Europa, con una Marca España que muchos de sus directivos llevan por bandera, pero que no tienen el mayor reparo en arrastrar año tras año por el mayor espectáculo musical y televisivo del mundo, sino que también perdía una oportunidad de oro de hacer algo grande. 

TVE llevaba por primera vez en la etapa contemporánea del festival un producto compacto y acorde, no solo por dos cantantes jóvenes, con talento y con valores, y una canción de calidad, sino porque iba acompañado de una historia tan universal y real como comercial. La candidatura zarpaba hacia la capital portuguesa con el respaldo de una Operación Triunfo renacida de sus cenizas y convertida como antaño en fenómeno social, y el beneplácito de los eurofans, el visto bueno del público general y también el de toda la prensa, salvo la que vuelca sus miserias desde las cavernas. Lamentablemente, en la edición del Todos a Bordo, el barco volvía a naufragar. 

Amaia, Alfred y todos sus compañeros fueron atracados a mano armada en OT, obligándoles a participar en otro concurso del que sabían poco o nada, y situándoles en una tesitura desagradable tanto para ellos como para todos los seguidores que lo único que desean es una representación digna, tal y como cabe esperar de cualquier competición. No obstante, y de nuevo, poco a nada se le puede reprochar a una pareja que ha trabajado hasta la extenuación, atendiendo a la prensa y los fans siempre con una sonrisa y, realizando una actuación memorable, con una madurez y profesionalidad muy llamativa en dos jóvenes de tan solo 19 y 20 años, y en un escenario tan difícil. 

Todo lo bien que estuvieron Amaia y Alfred quedó eclipsado por todo lo mal, fatal, que estuvieron todos los demás, desde TVE, hasta Gestmusic, pasando por los palmeros de turno. Especialmente sonrojante fue la actitud de Tinet Rubira, director de la ya mencionada productora, quien repartió estopa a diestro y siniestro, a la organización del propio festival, a los compañeros de Amaia y Alfred -como la ganadora israelí Netta, a la que llamó "una chica gordita con dos moñitos que desafina y hace la gallina", o a los franceses Madame Monsieur-, a la prensa acreditada y a los fans en redes sociales. Curiosa estrategia para ganarse los votos y las simpatías. Posteriormente y para sorpresa de nadie, los productores de Lisboa 2018 tuvieron a bien adjudicar a Nuestra Canción el maldito puesto número 2. 

Nadie duda que Tinet Rubira sea uno de los mejores y más exitosos profesionales de la televisión española, como tampoco se cuestiona en ningún momento la trayectoria y méritos de los demás miembros de la delegación española, pero si ni le gusta ni entiende el certamen, nos preguntamos por qué tenemos que tragar por quinta vez, directa o indirectamente, con un producto salido de su Academia de Artistas. La sexta, si contamos con El bailao de Lucía Pérez, también producido por Gestmusic. La respuesta parece demasiado obvia. También nos preguntamos si estos son los mejores gestores de Eurovisión en España. Y la respuesta, de nuevo, es evidente.

TVE tampoco estuvo mucho mejor, sin llegar a los extremos anteriormente citados, pero sin el más mínimo peso ni poder en un festival que se ha rejuvenecido en los últimos años gracias a la savia nueva de muchos jefes de delegación. A la española Ana María Bordas, sin embargo, el puesto le vino de rebote, después de la renuncia por "motivos personales" de su antecesor Federico Llano. Su ya famosa frase "Esto es Eurovisión y las cosas son así" tiene tan poca maldad como profundo desconocimiento del mismo.

Siempre acompañada por su ayudante Antonio Losada, sí hay que reconocerle a ambos el aplomo de aguantar los abucheos de un centenar de eurofans alrededor de la green room justo al finalizar esta edición, mientras que la destinataria de los mismos, Toñi Prieto, se escondía entre el bullicio. Precisamente, este es el segundo año que pudimos ver a la Jefa de Entretenimiento de TVE en primera fila, después de haber acompañado a Barei en Estocolmo 2016, pero por supuesto que no a Manel Navarro en Kiev 2017, lo cual también es bastante significativo.

Amaia y Alfred, por si solos, no pudieron pasar de un número 23 que se suma al 21 de Edurne, el 22 de Barei y el 26 de Manel Navarro en los últimos cuatro años eurovisivos. Ni hecho a propósito. Y todo ante la atenta mirada de 8,1 millones de españoles, el 51,2% de share, que sintieron que bailábamos por enésima vez.

Lisboa, por su parte, cerró el chiringuito con unos beneficios estimados de más de 100 millones de euros, según la Asociación de Hostelería, Restauración y Similares de Portugal (AHRESP), frente a los aproximadamente 20 millones invertidos en el festival más barato de los últimos 10 años. El testigo recae ahora en Israel, donde más de 50.000 personas recibieron a la triunfadora Netta en Tel Aviv, y Jerusalén parte como la gran favorita a convertirse en la sede de la 64ª edición, por tercera vez en la historia, en la perfecta estrategia propagandística y turística para el estado judío.

El gobierno español, por su parte, se gastó en tiempos de crisis decenas de millones de euros en tres candidaturas olímpicas, pero pasa olímpicamente de un festival a cuya sede la prensa generalista dice que, literalmente, le toca la lotería. La sensación de austeridad, ya tal. Las autoridades lisboetas, de hecho, ya han afirmado estar en condiciones de repetir la organización en el caso de que se siga deteriorando la situación en oriente medio. 

En los últimos 15 años, España ha estado tres veces entre los 10 mejores de Eurovisión, concretamente las tres en el décimo lugar, y 12 ocasiones entre los 10 peores. Si continuamos con los ejemplos deportivos y hablamos de fútbol, donde la maltrecha afición española sí ha podido vivir algunos días de gloria, nos podemos parar a pensar en que le ocurriría a un entrenador si de 15 partidos pierde 12 y empata tres. Ni esta web, ni nadie de su equipo, es quien para banalizar sobre el puesto de trabajo de nadie, pero tanto Toñi, como Ana Maria y Antonio, han sido espectadores en primera persona de nuestros últimos fracasos. Su fracaso.

La actual delegación, por el bien de todos y, principalmente, de su empresa de servicio público, debería dar un paso a un lado, seguir a sus labores en el Pirulí, y contratar a un equipo de profesionales que trabajen por y para el festival durante todo el año. Un jefe de delegación que conozca, quiera y respete el formato, que trabaje con dedicación e ilusión, que se implique a todos los niveles en el circuito eurovisivo y, por último pero no menos importante, que se rodee de un equipo de expertos en diversas materias artísticas y creativas que estudie y haga los deberes. Edoardo Grassi de Francia o Nicola Cagliore de Italia son solo los dos ejemplos más mediáticos de una renovación que se ha producido en otras muchas delegaciones como la belga, la búlgara, la checa, la estonia, la neerlandesa, etc. Y los resultados, cualitativos y cuantitativos, están ahí. 

No podemos cerrar este editorial sin hacer un guiño a los miles de fans de Eurovisión, esos a los que algunos desmerecen por gastarse sus vacaciones en ir a disfrutar un fin de semana, una semana o una quincena de 40 y pico artistas europeos y un sinfín de actividades culturales, lúdicas y turísticas. Unos seguidores que viven el festival con pasión pero también con fraternidad, apoyando a la hora de la verdad a todos los equipos como al suyo propio, y llenando cada ciudad de alegría, diversión y buen rollo. Aquí no hay violencia, ni peleas, ni se destroza mobiliario urbano, simplemente se comparte una afición en común, el amor por la música y la televisión. Quizá esto sea lo primero que se debe entender. Y respetar.

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